ataviado con galones dorados. Y, a decir verdad, mientras hacía su ronda, primero acompañado por Clarissa y luego por Richard, lo hizo muy bien. Intentaba aparentar alguien importante. Era divertido de ver. Nadie lo miraba. Seguían hablando sin más, aunque era perfectamente evidente que todos sabían, que sentían hasta la médula de los huesos, que aquella majestad desfilaba ante ellos; aquel símbolo de lo que todos representaban, la sociedad inglesa. La anciana Lady Bruton, que por lo demás lucía espléndida, muy vigorosa con sus encajes, se acercó flotando, y ambos se retiraron a una salita que de inmediato quedó vigilada, custodiada, mientras una especie de revuelo y susurro recorría a todos abiertamente: ¡el Primer Ministro!
¡Señor, señor, qué esnobismo el de los ingleses!, pensó Peter Walsh, de pie en el rincón. ¡Cómo les encantaba disfrazarse con encajes de oro y rendir pleitesía! ¡Ahí está! Ese debía de ser —¡por Júpiter que