una; * la protección de los búhos en Norfolk otra; * las sirvientas tenían motivos para estarle agradecidas; y su nombre al pie de las cartas al Times, pidiendo fondos, apelando al público para proteger, para preservar, para limpiar la basura, para reducir el humo y erradicar la inmoralidad en los
Y una magnífica figura formaba también, deteniéndose un momento (mientras el sonido de la media hora se apagaba) para mirarse con ojo crítico y magistral los calcetines y los zapatos; impecable, sólido, como si contemplase el mundo desde cierta eminencia y vistiera a la altura de las circunstancias; pero consciente de las obligaciones que el tamaño, la riqueza y la salud entrañan, y observando con puntualidad, aun cuando no fuera estrictamente necesario, pequeñas cortesías, ceremonias antiquísimas que dotaban a sus maneras de cierta calidad, de algo que imitar, de algo por lo que recordarle, pues jamás almorzaba, por ejemplo, con Lady Bruton, a quien conocía desde hacía veinte años, sin llevarle en la mano extendida un ramo de claveles y preguntarle a la señorita Brush, la secretaria de Lady Bruton, por su hermano en Sudáfrica; lo cual, por algún motivo, a la señorita Brush, carente como estaba de todo atributo de encanto femenino, le sentaba tan mal que respondía: «Gracias, le va muy bien en Sudáfrica», cuando, desde hacía seis años, le iba muy mal en Portsmouth.
La propia Lady Bruton prefería a Richard Dalloway, que llegó en el momento siguiente. De hecho, se encontraron en el umbral.
A Lady Bruton le gustaba más Richard Dalloway, por supuesto. Estaba hecho de una pasta mucho más fina. Pero no iba a permitir que destrozaran a su pobre y querido Hugh. Nunca olvidaba su amabilidad —había sido verdaderamente extraordinariamente amable—, olvidaba en qué ocasión exacta. Pero lo había sido—extraordinariamente amable. De todos modos, la