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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

quitaba las horquillas, las dejaba sobre el tocador y empezaba a peinarse), con los grajos revoloteando arriba y abajo en la luz rosada del atardecer, y vistiéndose, y bajando las escaleras, y sintiendo al cruzar el vestíbulo: «Si hubiera de morir ahora, ahora sería dichosa del todo». Ese era su sentimiento —el sentimiento de Otelo—, y ella lo sentía, estaba convencida, con tanta intensidad como Shakespeare pretendía que Otelo lo sintiera, ¡todo porque bajaba a cenar con un vestido blanco para encontrarse con Sally Seton!

Llevaba gasa rosa⁠—¿era posible? Parecía, de todos modos, toda luz, resplandeciente, como algún pájaro o globo aerostático que hubiera volado hacia adentro, enganchándose por un momento a una zarza. Pero nada es tan extraño cuando uno está enamorado (¿y qué era esto sino estar enamorado?) como la completa indiferencia de los demás. La tía Helena simplemente se alejaba después de cenar; papá leía el periódico. Peter Walsh podría haber estado allí, y la vieja señorita Cummings; Joseph Breitkopf desde luego que sí, pues venía todos los veranos, pobre viejo, semanas y semanas, y fingía leer alemán con ella, pero en realidad tocaba el piano y cantaba a Brahms sin voz alguna.

Todo aquello no era más que el telón de fondo para Sally. Estaba de pie junto a la chimenea hablando, con esa hermosa voz que hacía que todo lo que decía pareciera una caricia, con papá, que había empezado a sentirse atraído bastante en contra de su voluntad (nunca superó el hecho de haberle prestado uno de sus libros y haberlo encontrado empapado en la terraza), cuando de repente ella dijo: «¡Qué lágrima estar encerrados!» y todos salieron a la terraza y se pusieron a pasear de arriba abajo. Peter Walsh y Joseph Breitkopf seguían dale que te pego con Wagner. Ella y Sally se quedaron un poco

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