crecía minuto a minuto mientras esperaba; la muralla de oro que crecía entre ellos y todos los apuros y zozobras (los había soportado con valentía; habían tenido sus luchas) hasta sentirse encajada en un océano tranquilo, donde solo soplan vientos de especias; respetada, admirada, envidiada, sin apenas nada que desear, aunque lamentaba su corpulencia; grandes cenas todos los jueves por la noche para la profesión; un bazar ocasional que inaugurar; la Realeza saludada; muy poco tiempo, ay, con su esposo, cuyo trabajo crecía y crecía; un muchacho que iba bien en Eton; le habría gustado también una hija; intereses tenía, sin embargo, de sobra; el bienestar infantil; la rehabilitación del epiléptico y la fotografía, de modo que si había una iglesia en construcción o una iglesia en ruinas, sobornaba al sacristán, conseguía la llave y tomaba fotografías que apenas se distinguían de la obra de los profesionales, mientras esperaba.
El mismo Sir William ya no era joven. Había trabajado muchísimo; se había ganado el puesto a base de pura capacidad (siendo hijo de un tendero); amaba su profesión; figuraba excelentemente en las ceremonias y hablaba bien; todo lo cual, para cuando fue nombrado caballero, le había conferido un aspecto pesado, un aspecto cansado (siendo incesante el flujo de pacientes, y las responsabilidades y privilegios de su profesión tan onerosos), cuyo cansancio, junto con sus canas, aumentaba la extraordinaria distinción de su presencia y le otorgaba la reputación (de suma importancia al tratar casos nerviosos) no solo de habilidad fulminante y precisión casi infalible en el diagnóstico, sino de simpatía; tacto; comprensión del alma humana. Pudo ver desde el primer momento en que entraron en la habitación (los Warren Smith se llamaban); estuvo seguro en cuanto vio al hombre; era un caso de extrema gravedad. Era un caso de colapso total —colapso físico y nervioso