No se puede perpetuar el sufrimiento, ni aumentar la casta de estos animales lujuriosos, que no tienen emociones duraderas, sino solo caprichos y vanidades, arrastrándolos ahora en una dirección, ahora en otra.
La observó recortar, dar forma, como se observa a un pájaro saltar, revolotear en la hierba, sin atreverse a mover un dedo. Pues la verdad es (que ella lo ignore) que los seres humanos no tienen ni bondad, ni fe, ni caridad más allá de lo que sirve para aumentar el placer del momento. Cazan en jaurías. Sus jaurías recorren el desierto y desaparecen gritando en la espesura. Abandonan al caído. Están revestidos de muecas. Ahí estaba Brewer en la oficina, con su bigote engominado, su alfiler de corbata de coral, su chaleco blanco y sus emociones placenteras —todo frialdad y viscosidad por dentro—, con sus geranios arruinados en la Guerra, con los nervios de su cocinera destrozados; o Amelia Cómo-se-llamaba, sirviendo tazas de té puntualmente a las cinco —una arpía mezquina, obcena, que sonreía con lascivia y burla—, y los Tom y los Bertie con sus pecheras almidonadas exudando espesas gotas de vicio. Jamás lo vieron dibujándolos desnundos haciendo de las suyas en su cuaderno. En la calle, las furgonetas pasaban rugiendo; la brutalidad bramaba en los carteles; hombres quedaban atrapados en minas; mujeres quemadas vivas; y una vez una hilera mutilada de lunáticos, que paseaban o eran exhibidos para diversión del populazo (que se reía a carcajadas), desfiló a paso corto, asintiendo y con una sonrisa boba, por Tottenham Court Road, cada cual infligiendo su indito dolor casi pidiendo disculpas, mas triunfante. ¿Y se volvería loco?
A la hora del té, Rezia le contó que la hija de la señora Filmer esperaba un hijo. ¡Ella no podía envejecer y no tener hijos! ¡Estaba muy sola, era muy infeliz! Lloró