con la cabeza apoyada contra la ventana—una anciana formidable, pero amable con él, pues él le había conseguido una flor rara, y ella era una gran botánica, que marchaba con botas gruesas y una caja negra de coleccionista colgada entre los hombros. Se sentó a su lado y no pudo hablar. Todo parecía pasar a toda velocidad ante él; se limitó a sentarse allí, comiendo. Y entonces, a mitad de la cena, se obligó por primera vez a mirar hacia donde estaba Clarissa. Ella le hablaba a un joven a su derecha. Tuvo una revelación repentina. > «Se casará con ese hombre», se dijo a sí mismo. Ni siquiera sabía su
Pues claro que fue aquella tarde, aquella misma tarde, cuando Dalloway había venido de visita; y Clarissa le llamó «Wickham»; ese fue el principio de todo. Alguien lo había traído; y Clarissa se equivocó de apellido. Se lo presentó a