olisqueando, escudriñando, obligando a fregar a criadas de nariz azulada, como si el siguiente visitante fuera un trozo de carne destinado a servirlo en una bandeja perfectamente limpia. Para dormir, una cama; para sentarse, un sillón; para lavarse los dientes y afeitarse la barbilla, un vaso, un espejo. Libros, cartas, bata, resbalaban sobre la impersonalidad del crin de caballo como impertinencias incongruentes. Y fue la carta de Clarissa lo que le hizo ver todo aquello. «Celestial verte. ¡Ya tenía que decirlo él!». Dobló el papel; lo apartó de un empujón; ¡nada le obligaría a volver a leerlo!
Para hacerle llegar esa carta antes de las seis, debió de haberse sentado a escribirla en cuanto él la dejó; sellarla; enviar a alguien al correo. Era, como suele decirse, muy propio de ella. La visita la había alterado. Había sentido muchísimo; por un momento, al besarle la mano, se había arrepentido, lo había envidiado