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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

jóvenes, el de abreviar, hacer lo que a uno le gusta, importarle un bledo lo que la gente diga e ir y venir sin grandes expectativas (dejó el periódico sobre la mesa y se alejó), lo cual, sin embargo (y buscó su sombrero y su abrigo), no era del todo cierto en su caso, no esta noche, pues allí estaba, dispuesto a ir a una fiesta, a su edad, con la firme creencia de que estabapor vivir una experiencia. ¿Pero qué clase de experiencia?

Belleza de cualquier modo. No la belleza burda de la vista. No era belleza pura y simple⁠—Bedford Place desembocando en Russell Square. Era rectitud y vaciamiento, por supuesto; la simetría de un corredor; pero también eran ventanas iluminadas, un piano, un gramófono sonando; una sensación de gozo escondida, pero que de vez en cuando emergía cuando, a través de la ventana sin cortinas, de la ventana abierta, se veía a grupos sentados a las mesas, a jóvenes girando lentamente, conversaciones entre hombres y mujeres, sirvientas mirando ociosamente hacia fuera (un extraño comentario el suyo, una vez hecho el trabajo), medias secándose en los alféizares superiores, un loro, unas cuantas plantas. Absorbente, misteriosa, de infinita riqueza, esta vida. Y en la gran plaza donde los taxis disparaban y viraban tan rápido, había parejas demorándose, retozando, abrazándose, encogidas bajo la lluvia de un árbol; eso era conmovedor; tan silenciosas, tan absortas, que uno pasaba, discretamente, tímidamente, como ante la presencia de alguna ceremonia sagrada interrumpir la cual habría sido impío. Eso era interesante. Y así hasta adentrarse en el resplandor y la estridencia.

Su gabardina clara se abría con el viento, caminaba con una idiosincrasia indescriptible, inclinado un poco hacia adelante, dando tropezones, con las manos a la espalda y la mirada todavía un tanto avispada; iba tropezando por Londres, rumbo

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