lo probara.
—¡Pero debo de tener un aspecto rarísimo! —exclamó, corriendo hacia el espejo y mirando primero a un lado y luego al otro. Luego se lo arrancó de nuevo, porque llamaron a la puerta. ¿Sería Sir William Bradshaw? ¿Había mandado avisar tan pronto?
¡No! Era solo la niña del periódico de la tarde.
Lo que siempre ocurría, ocurrió entonces; lo que ocurría todas las noches de sus vidas. La niña pequeña se chupaba el dedo junto a la puerta; Rezia se hincaba de rodillas; Rezia arrullaba y besaba; Rezia sacaba una bolsa de caramelos del cajón de la mesa. Pues así ocurría siempre. Primero una cosa, luego otra. Así lo iba construyendo, primero una cosa y luego otra. Bailando, dando brincos, vuelta tras vuelta daban por la habitación. Él tomó el periódico. En Surrey se habían agotado las existencias, leyó. Había una ola de calor. Rezia repitió: en Surrey se