casa con su hijo)—, de modo que no solo sus colegas lo respetaban, sus subordinados lo temían, sino que los amigos y parientes de sus pacientes sentían por él la más viva gratitud por insistir en que aquellos Cristos y Cristas proféticos, que profetizaban el fin del mundo o la llegada de Dios, bebieran leche en la cama, tal como ordenaba sir William; sir William con sus treinta años de experiencia en esta clase de casos y su instinto infalible, esto es locura, esto es sensatez; de hecho, su sentido de la proporción.
Pero la Proporción tiene una hermana, menos sonriente, más formidable, una Diosa ocupada incluso ahora —en el calor y las arenas de la India, el lodo y los pantanos de África, los arrabales de Londres, doquier en suma que el clima o el diablo tienta a los hombres a caer de la verdadera fe que es la suya— ocupada incluso ahora en derribar santuarios, destrozar ídolos y erigir en su lugar su propio rostro severo. Conversión es su nombre y se deleita con las voluntades de los débiles, gustando de impresionar, de imponer, adorando sus propios rasgos estampados en el rostro del populazo. En Hyde Park Corner, sobre un tonel, se halla predicando; se envuelve en blanco y camina penitente disfrazada de amor fraterno a través de fábricas y parlamentos; ofrece ayuda, pero desea poder; aparta de un golpe brutal a los disidentes o descontentos; otorga su bendición a aquellos que, mirando hacia arriba, captan sumisamente de sus ojos la luz de los suyos propios.
Esta señora también (Rezia Warren Smith lo intuía) habitaba en el corazón de sir William, aunque oculta, como suele estarlo, bajo algún disfraz plausible; algún nombre venerable: amor, deber, sacrificio propio. ¡Cómo trabajaría —cuánto se esforzaría por recaudar fondos, propagar reformas, fundar instituciones! Pero la