y sobre ellas un curioso patrón parecido a un árbol, pensó Septimus, y esta gradual confluencia de todo hacia un solo centro ante sus ojos, como si algún horror hubiera aflorado casi a la superficie y estuviera a punto de estallar en llamas, lo aterró. El mundo oscilaba, temblaba y amenazaba con estallar en llamas. Soy yo quien está bloqueando el paso, pensó. ¿Acaso no lo estaban mirando y señalando?; ¿acaso no estaba pesado allí, arraigado al pavimento, con un propósito? ¿Pero con qué propósito?
—Sigamos, Septimus —dijo su esposa, una mujercita de grandes ojos en un rostro cetrino y puntiagudo; una muchacha italiana.
Pero la propia Lucrezia no pudo evitar mirar el automóvil y el dibujo de los árboles en los visillos. ¿Sería la Reina la que iba ahí dentro—la Reina de compras?
El chófer, que había estado abriendo algo, girando algo, cerrando algo, subió al pescante.
—Vamos —dijo Lucrezia.
Pero su marido, pues ya llevaban cuatro o cinco años casados, dio un brinco, se sobresaltó y dijo: «¡Muy bien!», enfadado, como si ella lo hubiera interrumpido.
La gente tenía que fijarse; la gente tenía que ver. La gente, pensó, mirando a la muchedumbre que contemplaba el automóvil; los ingleses, con sus niños y sus caballos y su ropa, que a su manera admiraba; pero ahora eran «la gente», porque Septimus había dicho: «Me suicidaré»; algo espantoso de decir. ¿Y si le hubieran oído? Miró a la multitud. ¡Socorro, socorro!, quería gritarles a los pinches de carnicería y a las mujeres. ¡Socorro! ¡Tan solo el otoño pasado, ella y Septimus habían estado de pie en el Embankment arropados en la misma capa y, como Septimus leía un periódico en vez de hablar, ella se lo había arrebatado y se había reído en la cara del viejo que los había visto! Pero el