casa extraña no osaba abrir puertas que pudieran ser las de los dormitorios, o las del salón, o conducir directamente a la despensa. Pues ningún Dalloway bajaba a diario por the Strand; ella era una pionera, una rezagada, que se arriesgaba y confiaba.
En muchos aspectos, sentía su madre, era extremadamente inmadura, como una niña todavía, apegada a las muñecas, a las viejas zapatillas; un bebé perfecto; y eso tenía su encanto. Pero luego, por supuesto, en la familia Dalloway existía la tradición del servicio público. Abadesas, rectoras, directoras, dignatarias, en la república de mujeres—sin ser ninguna de ellas brillante, eran eso. Avanzó un poco más en dirección a St. Paul’s. Le gustaba la cordialidad, la hermandad, la maternidad, la fraternidad de aquel estruendo. Le parecía algo bueno. El ruido era tremendo; y de repente se oyeron trompetas (los desempleados) que bramaban y resonaban en medio del estruendo; música militar; como si