a la cadera, para demostrar (si el paciente se mostraba obstinado) que Sir William era el dueño de sus propios actos, lo cual el paciente no era.
Unos cuantos se venían abajo sin fuerzas; sollozaban, se rendían; otros, inspirados sabe Dios por qué desmedida locura, llamaban a sir William estafador maldito a la cara; ponían en duda, de manera aún más impía, la vida misma. ¿Para qué vivir?, exigían saber. Sir William respondía que la vida era buena. Ciertamente, lady Bradshaw con plumas de avestruz colgaba sobre la repisa de la chimenea, y en cuanto a sus ingresos, ascendían a doce mil libras al año bien buenas. Pero a nosotros, protestaban ellos, la vida no nos ha otorgado semejante generosidad. Él asentía. Carecían de sentido de la proporción. ¿Y tal vez, después de todo, no hay Dios? Se encogía de hombros. En suma, ¿este vivir o no vivir es asunto nuestro? Pero