parecía patinado, batido de plata como estaba, patinado por arañas, y había una sensación de mosquitos en torno a las farolas de arco; hacía tanto calor que la gente se quedaba de pie charlando. Y aquí, en Westminster, había un juez jubilado, supuestamente, sentado con toda firmeza en la puerta de su casa, vestido completamente de blanco. Un angloindio, supuestamente.
Y aquí un escándalo de mujeres que pelean, mujeres borrachas; aquí solo un policía y casas imponentes, casas altas, casas con cúpula, iglesias, parlamentos, y el bocinazo de un vapor en el río, un grito hueco y brumoso.
Pero era su calle, esta, la de Clarissa; los taxis doblaban la esquina a toda prisa, como el agua alrededor de los pilares de un puente, atraídos, le parecía a él, porque llevaban a gente que iba a su fiesta, la fiesta de Clarissa.
El frío caudal de impresiones visuales le fallaba ahora,