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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

las colas; había carteles de periódicos. Era un sueño tonto, tonto, eso de ser infeliz.

Así que cruzaron, el señor y la señora Septimus Warren Smith, y, después de todo, ¿había algo en ellos que llamara la atención, algo que hiciera sospechar a un transeúnte: he aquí a un joven que lleva en su interior el mayor mensaje del mundo y que es, además, el hombre más feliz del mundo y el más desgraciado?

Tal vez caminaban más despacio que los demás, y había algo titubeante, rezagado, en el paso del hombre, pero ¿qué había más natural para un empleado que no había estado en el West End un día laborable a estas horas en años, que ir mirando el cielo, mirando esto, aquello y lo otro, como si Portland Place fuera una habitación en la que hubiera entrado cuando la familia está fuera, con las lámparas de araña cubiertas de fundas de holanda y la conserje, mientras deja entrar largos haces de luz polvorienta sobre sillones desiertos de aspecto extraño, levantando una esquina de las largas persianas, explicando a los visitantes qué lugar tan maravilloso es, qué maravilloso, pero al mismo tiempo, piensa él, mientras mira las sillas y las mesas, qué extraño.

A simple vista, habría podido pasar por empleado, pero de los mejores; pues llevaba zapatos marrones; sus manos eran instruidas; lo mismo su perfil —su perfil anguloso, aballenado, inteligente, sensible—; mas no del todo sus labios, pues eran flojos; y sus ojos (como suelen ser los ojos), meros ojos; avellana, grandes; de modo que era, en suma, un caso fronterizo, ni una cosa ni la otra, capaz de acabar con una casa en Purley y un automóvil, o de seguir alquilando pisos en callejuelas secundarias toda la vida; uno de esos hombres medio instruidos, autodidactas, cuya instrucción se aprende

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