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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

susurrarle algo a Maisie Johnson; de sentir en la arrugada bolsa de su viejo y gastado rostro el beso de la compasión. Porque había sido una vida dura, pensó la señora Dempster. ¿Qué no le había entregado? Rosas; figura; los pies también. (Se llevó los nudosos bultos bajo la falda).

Rosas, pensó con sardonismo. Pura basura, querida mía.

Pues, en realidad, entre comer, beber y aparearse, los días malos y los buenos, la vida no había sido una mera cuestión de rosas; y es más, déjeme decirle que ¡Carrie Dempster no tenía el menor deseo de cambiar su suerte por la de ninguna mujer en Kentish Town!

Pero, imploraba, piedad. Piedad por la pérdida de las rosas. Piedad le pedía a Maisie Johnson, de pie junto a los arriates de jacintos.

¡Ah, pero ese aeroplano! ¿No había anhelado siempre la señora Dempster ver tierras extranjeras? Tenía un sobrino, misionero.

Se elevó y disparó. Ella siempre iba al mar en Margate, sin perder de vista la tierra, pero no les tenía paciencia a las mujeres que le temían al agua.

Dio un giro y cayó. Se le encogió el estómago. Otra vez arriba. Hay un buen mozo a bordo, apostaba la señora Dempster, y lejos y más lejos se fue, veloz y esfumándose, lejos y más lejos disparó el aeroplano: remontándose sobre Greenwich y todos los mástiles; sobre la pequeña isla de iglesias grises, San Pablo y las demás hasta que, a ambos lados de Londres, se extendían los campos y oscuros bosques pardos donde los aventureros tordos, saltando audaces, ojeando veloces, arrebataban el caracol y lo golpeaban contra una piedra, una, dos, tres veces.

Más y más lejos se disparó el aeroplano, hasta no ser más que una chispa brillante; una aspiración; una concentración; un símbolo (tal le pareció al señor Bentley, que

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