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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

su niñez, de pronto llegó un momento —por ejemplo, en el río bajo los bosques de Clieveden— en el que, debido a cierta contracción de este espíritu frío, ella le había fallado. Y luego en Constantinopla, y una y otra vez. Ella veía bien lo que le faltaba. No era belleza; no era inteligencia. Era algo central y osmótico; algo cálido que rompía las superficies y ondulaba el frío contacto del hombre y la mujer, o de las mujeres entre sí. Pues eso alcanzaba a percibir vagamente. Se sentía disgustada por ello, abrigaba un escrúpulo adquirido Dios sabe dónde, o, según sentía, enviado por la Naturaleza (que invariablemente es sabia); sin embargo, a veces no podía resistirse a ceder ante el encanto de una mujer, no de una niña, sino de una mujer que le confesaba, como a menudo le hacían, algún lío, alguna tontería. Y ya fuera por lástima, o por la belleza de ellas, o por ser ella mayor, o por algún accidente —como un perfume tenue, o un violín en la casa de al lado (tan extraña es el poder de los sonidos en ciertos momentos)—, sin duda sentía entonces lo que los hombres sentían. Solo por un momento; pero era suficiente. Era una súbita revelación, un tinte semejante a un rubor que uno intentaba contener y luego, al extenderse, se rendía a su expansión, y corría hasta el límite más lejano y allí vibraba y sentía que el mundo se acercaba, henchido de algún significado asombroso, de cierta presión de éxtasis, ¡que rompía su fina piel y brotaba y fluía con un alivio extraordinario sobre las grietas y las llagas! Entonces, durante ese instante, había visto una iluminación; una cerilla ardiendo en un azafrán; un significado interior casi expresado. Pero el cierre se retiraba; lo duro se ablandaba. Había terminado:

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