al verla entrar—, pensó Clarissa, dio media vuelta y emprendió el camino de regreso hacia Bond Street, molesta, porque era una tontería tener otros motivos para hacer las cosas. Mucho antes habría preferido ser de esas personas como Richard que hacían las cosas por sí mismas, en tanto que ella, pensó, esperando para cruzar, la mitad del tiempo hacía las cosas no de manera simple, no por ellas mismas; sino para hacer que la gente pensara esto o aquello; perfecta idiotez, lo sabía (y en ese momento el policía levantó la mano), pues a nadie se engañaba ni por un segundo. ¡Ah, si pudiera volver a vivir su vida!, pensó, pisando la acera, ¡si al menos hubiera tenido otro aspecto!
Ella habría sido, en primer lugar, morena como Lady Bexborough, con una piel de cuero curtido y hermosos ojos. Habría sido, como Lady Bexborough, lenta y majestuosa; más bien grandota; interesada en la política como un hombre; con una casa de campo; muy digna, muy sincera.
En lugar de lo cual tenía una figura delgada y enjuta como una vara de guisantes; una carita ridícula, con pico de pájaro. Que se erguía bien era verdad; y tenía bonitas manos y pies; y vestía bien, teniendo en cuenta que gastaba poco.
Pero a menudo ahora este cuerpo que llevaba (se detuvo a mirar un cuadro holandés), este cuerpo, con todas sus capacidades, no parecía nada—absolutamente nada. Tenía la extraña sensación de ser invisible; de no ser vista; de no ser conocida; de que ya no había más bodas ni más tener hijos, sino solo este asombroso y más bien solemne avance con todos los demás, calle arriba por Bond Street, esto de ser la señora Dalloway; ni siquiera Clarissa ya; esto de ser la señora Richard Dalloway.
Bond Street la fascinaba; Bond Street temprano