todo por culpa del Strand.
Los pies de aquella gente ocupada en sus asuntos, las manos poniendo piedra sobre piedra, las mentes ocupadas eternamente no en charlas triviales (comparar a las mujeres con álamos —lo cual era bastante emocionante, por supuesto, pero muy tonto—), sino en pensamientos sobre barcos, negocios, leyes, administración, y todo ello tan majestuoso (estaba en el Temple), alegre (estaba el río), devoto (estaba la Iglesia), la hicieron decidirse firmemente, dijera lo que dijese su madre, a convertirse en granjera o en doctora. Pero, por supuesto, era bastante perezosa.
Y era mucho mejor no decir nada al respecto. Parecía una tontería.
Era el tipo de cosas que a veces ocurrían, cuando uno estaba a solas: edificios sin nombre de arquitecto, multitudes de personas que volvían de la ciudad y tenían más poder que los clérigos solitarios de Kensington, que cualquiera de los libros que la señorita Kilman le había prestado, para estimular lo que yacía aletargado, torpe y tímido en el suelo arenoso de la mente para que rompiera la superficie, como un niño que de repente estira los brazos; era simplemente eso, tal vez, un suspiro, un estiramiento de brazos, un impulso, una revelación, que tiene sus efectos para siempre, y luego volvía a hundirse en el suelo arenoso.
Tenía que irse a casa. Tenía que vestirse para la cena. ¿Pero qué hora era?, ¿dónde había un reloj?
Miró hacia arriba por Fleet Street. Caminó un trecho corto hacia St. Paul’s, con timidez, como alguien que se adentra de puntillas, explorando de noche una casa extraña con una vela, en tensión por miedo a que el dueño de pronto abriera de par en par la puerta de su dormitorio y le preguntara a qué venía, ni osaba aventurarse por callejuelas pintorescas, traicioneras bocacalles, del mismo modo que en una