se preguntó bastante, mientras envolvían el paquete, en qué estaría pensando la señorita Kilman. Deben tomar el té, dijo la señorita Kilman, reaccionando, recomponiéndose. Tomaron el té.
A Elizabeth le sorprendía un poco que la señorita Kilman pudiera tener hambre. Era su forma de comer, comiendo con intensidad, para luego mirar, una y otra vez, un plato de pasteles azucarados en la mesa de al lado; después, cuando una señora y un niño se sentaron y el niño cogió el pastel, ¿podría importarle de verdad a la señorita Kilman? Sí, a la señorita Kilman le importaba. Había querido ese pastel, el rosado. El placer de comer era casi el único placer puro que le quedaba, ¡y que encima se vieran frustrados hasta sus deseos en eso!
Cuando la gente es feliz, tiene una reserva, le había dicho a Elizabeth, de la cual echar mano, mientras que ella era como una rueda sin cubierta (le gustaban mucho esos metáforas), sacudida por cada guijarro, solía decir, quedándose después de la clase, de pie junto a la chimenea con su bolsa de libros, su «cartera», como la llamaba, un martes por la mañana, terminada la clase. Y también hablaba de la guerra. A fin de cuentas, había gente que no creía que los ingleses tuvieran invariablemente razón. Había libros. Había mítines. Había otros puntos de vista. ¿Le gustaría a Elizabeth ir con ella a escuchar a fulano de tal (un anciano de aspecto de lo más extraordinario)? Luego la señorita Kilman la llevó a no sé qué iglesia en Kensington y tomaron el té con un clérigo. Le había prestado libros. Ley, medicina, política, todas las profesiones están abiertas a las mujeres de su generación, decía la señorita Kilman. Pero para ella, su carrera estaba totalmente arruinada y ¿era acaso culpa suya? ¡Dios santo!, dijo Elizabeth,