el bolsillo, sacó una gran navaja y abrió la hoja hasta la mitad.
Exactamente igual, pensó Clarissa; la misma mirada extraña; el mismo traje a cuadros; un poco torcido el rostro, un poco más delgado, más seco, tal vez, pero se ve estupendamente bien, e igualito a siempre.
“¡Qué celestial es volver a verte!”, exclamó.
Él tenía el cuchillo fuera. Es tan típico de él, pensó.
Había llegado a la ciudad apenas anoche, dijo; tendría que irse al campo enseguida; y ¿cómo estaba todo, cómo estaba todos—Richard? ¿Elizabeth?
—¿Y todo esto qué es? —dijo, inclinando su cortaplumas hacia el vestido verde de ella.
Él va muy bien vestido, pensó Clarissa; sin embargo, siempre me critica.
Allí está remendando su vestido; remendando su vestido como de costumbre, pensó; allí ha estado sentada todo el tiempo que he estado en la India; remendando su vestido; holgazaneando; yendo a fiestas; corriendo a la Cámara