¿Y si se casaban? Para él todo iría muy bien, ¿pero y ella?
Mrs. Burgess, una buena mujer y nada habladora, en quien él se había confiado, creía que esta ausencia suya en Inglaterra, supuestamente para ver a unos abogados, podría servir para hacer que Daisy recapacitara, que pensara en lo que significaba.
Era una cuestión de su posición, decía Mrs. Burgess; la barrera social; renunciar a sus hijos. Acabaría siendo una viuda con pasado algún día de estos, arrastrándose por los suburbios, o más probablemente, sin discriminación (ya sabes, decía, en lo que se convierten esas mujeres, con tanto tinte).
Pero Peter Walsh descartó todo aquello con un gesto de desdén. No tenía intención de morirse todavía.
De todos modos, ella tenía que decidir por sí misma; juzgar por sí misma, pensó, dando pasitos por la habitación en calcetines, alisándose la camisa de etiqueta, pues tal vez iría a la fiesta de Clarissa, o tal vez iría a uno de los Halls, o tal vez se instalaría a leer un libro absorbente escrito por un hombre al que había conocido en Oxford. Y si se retiraba, eso era lo que haría: escribir libros. Iría a Oxford y hojearía papeles en la Bodleiana.
En vano la muchacha morena, de una belleza adorable, corrió hasta el extremo de la terraza; en vano agitó la mano; en vano gritó que le importaba un bledo lo que dijera la gente. Allí estaba él, el hombre por el que ella daba la vida, el perfecto caballero, el fascinante, el distinguido (y su edad no le importaba en lo más mínimo), deambulando a paso corto por una habitación de un hotel en Bloomsbury, afeitándose, lavándose, continuando, mientras cogía jarras y dejaba navajas, con sus cotilleos en la Bodleian, para llegar a la verdad sobre uno que otro pequeño