a Westminster, observando.
¿Todo el mundo estaba cenando fuera, entonces? Aquí un lacayo abría las puertas para dejar salir a una dama anciana de paso altivo, con zapatos de hebilla y tres plumas de avestruz moradas en el pelo. Se abrían puertas para damas envueltas como momias en chales de flores brillantes, damas con la cabeza descubierta. Y en los barrios respetables, de pilares de estuco a través de pequeños antejardines, con peinetas ligeramente prendidas en el pelo (tras haber subido corriendo a ver a los niños), acudían mujeres; los hombres las esperaban, con los abrigos abiertos al viento, y el motor arrancaba. Todo el mundo estaba saliendo. Entre estas puertas que se abrían, y el descenso y la partida, parecía como si todo Londres estuviera embarcándose en botecitos amarrados a la orilla, meciéndose sobre las aguas, como si todo aquel lugar se fuera a la deriva en un carnaval. Y Whitehall