la gente marchara; y, sin embargo, aunque estuvieran muriendo—aunque alguna mujer hubiera dado su último suspiro y quienquiera que estuviera vigilando, abriendo la ventana de la habitación donde acababa de consumar ese acto de suprema dignidad, hubiera mirado hacia Fleet Street, aquel estruendo, aquella música militar habría subido triunfante hasta él, consoladora, indiferente.
No era consciente. No había en ello reconocimiento alguno de la propia fortuna o del destino, y por esa misma razón, incluso para aquellos aturdidos por vigilar los últimos estertores de la conciencia en los rostros de los moribundos, resultaba consolador.
El olvido en las personas quizás hiera, su ingratitud corroa, pero esta voz, fluyendo sin fin, año tras año, se lo llevaría todo; este voto; esta furgoneta; esta vida; esta procesión, los envolvería a todos por completo y se los llevaría, como en el torrente bravo de un glaciar el hielo retiene una astilla de hueso, un