a su esposa, toda una muchacha, una extranjera, verdad! ¿No le daba eso una idea muy extraña de los maridos ingleses? ¿No se tenía acaso un deber para con la esposa? ¿No sería mejor hacer algo en vez de quedarse en la cama? Pues contaba con cuarenta años de experiencia a sus espaldas; y Septimus podía creerle al doctor Holmes bajo su palabra: no le pasaba absolutamente nada. Y la próxima vez que viniera el doctor Holmes esperaba encontrar a Smith levantado y sin preocupar a esa encantadora mujercita que era su esposa.
La naturaleza humana, en suma, se le había venido encima; la bestia repugnante, con las ventanas de la nariz rojas como la sangre. Holmes se le había venido encima. El doctor Holmes venía con bastante regularidad todos los días.
Una vez que tropiezas —escribió Septimus en el reverso de una postal—, la naturaleza humana se te viene encima. Holmes se te viene encima.
Su única oportunidad era escapar, sin que Holmes se enterara; a Italia, a cualquier parte, a cualquier parte, lejos del doctor Holmes.
Pero Rezia no podía comprenderle. El doctor Holmes era un hombre muy bondadoso. Estaba tan interesado en Septimus. Solo quería ayudarles, decía. Tenía cuatro hijos pequeños y la había invitado a tomar el té, le dijo a Septimus.
De modo que estaba abandonado. El mundo entero clamaba: Mántate, mátate, por el bien de todos. ¿Pero por qué iba a matarse por el bien de ellos? La comida era agradable; el sol ardía; y esto de matarse, ¿cómo se hace, con un cuchillo de mesa, de forma fea, con ríos de sangre, aspirando el gas de una tubería? Estaba demasiado débil; apenas podía levantar la mano. Además, ahora que estaba completamente solo, condenado, abandonado, como lo están los que van a morir, había un lujo en