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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

más amable del mundo—. ¿Diciendo tonterías para asustar a su esposa? Pero le daría algo para hacerlo dormir. Y si eran ricos, dijo el doctor Holmes, mirando irónicamente alrededor de la habitación, que fueran a Harley Street sin falta; si no tenían confianza en él, dijo el doctor Holmes, con una mirada no tan amable.

Eran exactamente las doce; las doce del Big Ben, cuyo tañido se dejaba llevar por la zona norte de Londres; fundido con el de otros relojes, mezclado de un modo tenue y etéreo con las nubes y los jirones de humo, y se apagaba allá arriba entre las gaviotas; las doce dieron cuando Clarissa Dalloway tendió su vestido verde sobre la cama, y los Warren Smith caminaban por Harley Street. Las doce era la hora de su cita. Probablemente, pensaba Rezia, aquella era la casa de Sir William Bradshaw con el coche gris delante. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire.

En efecto, lo era: el automóvil de Sir William Bradshaw; bajo, potente, gris, con iniciales entrelazadas y discretas en la portezuela, como si la pompa de la heráldica resultara incongruente, siendo este hombre el asistente fantasmal, el sacerdote de la ciencia; y, tal como el automóvil era gris, a juego con su sobria suavidad, pieles grises y mantas de color gris plateado se amontonaban en su interior para abrigar a su señoría mientras esperaba.

Porque a menudo el sir William viajaba sesenta millas o más hacia el campo para visitar a los ricos, a los afligidos, que podían permitirse los muy elevados honorarios que el sir William cobraba muy justamente por sus consejos.

Su señoría esperó con las mantas sobre las rodillas durante una hora o más, recostada, pensando a veces en el paciente, a veces, de forma excusable, en la muralla de oro que

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