conversión, diosa quisquillosa, prefiere la sangre al ladrillo, y se deleita con la sutilísima fiesta de la voluntad humana.
Por ejemplo, Lady Bradshaw.
Quince años atrás se había venido abajo. No era algo que se pudiera señalar con precisión; no había habido ninguna escena, ningún quiebre; solo el hundimiento lento, anegado, de su voluntad en la de él.
Dulce era su sonrisa, rápida su sumisión; la cena en Harley Street, de ocho o nueve platos, alimentando a diez o quince invitados de la clase profesional, transcurría fluida y urbana.
Solo al avanzar la noche, cierta ligereza apagada, o incomodidad tal vez, un tic nervioso, un titubeo, un tropiezo y una confusión indicaban lo que en verdad resultaba penoso creer: que la pobre señora mentía.
Una vez, hacía mucho, había pescado salmón en libertad: ahora, presta a sociar el anhelo que encendía con tanta unción el ojo de su marido en busca de dominio, de poder, se encogía, se oprimía, se recortaba, se podaba, retrocedía, miraba de reojo; de modo que, sin saber con precisión qué hacía la velada desagradable y causaba esa presión en la parte alta de la cabeza (la cual bien podía atribuirse a la conversación profesional, o a la fatiga de un gran médico cuya vida, decía Lady Bradshaw, «no es suya sino de sus pacientes»), desagradable era: de modo que los invitados, al dar las diez el reloj, respiraban el aire de Harley Street casi con arrebato; alivio que, sin embargo, se les negaba a sus pacientes.
Allí en la habitación gris, con los cuadros en la pared y los valiosos muebles, bajo la claraboya de vidrio esmerilado, aprendieron el alcance de sus transgresiones; acurrucados en sillones, lo vieron realizar, para beneficio de ellos, un curioso ejercicio con los brazos, que lanzaba hacia delante y volvía a llevar bruscamente