su propio dolor, que se alzaba como una luna contemplada desde una terraza, fantasmalmente hermosa con la luz del día hundido. Fui más infeliz de lo que jamás he vuelto a ser, pensó. Y como si en verdad estuviera sentado allí en la terraza, se arrimó un poco hacia Clarissa; extendió la mano; la alzó; la dejó caer. Allí sobre ellos pendía, aquella luna. Ella también parecía estar sentada con él en la terraza, a la luz de la luna.
“Herbert lo tiene ahora”, dijo ella.
“Nunca voy allí ahora”, dijo ella.
Luego, tal como sucede en una terraza a la luz de la luna, cuando una persona empieza a avergonzarse de estar ya aburrida y, sin embargo, como la otra se queda callada, muy quieta, mirando tristemente la luna, no le apetece hablar, mueve un pie, se aclara la garganta, repara en algún adorno de hierro en la pata de una mesa, revuelve una hoja, pero no dice nada—así hizo Peter Walsh ahora. Pues ¿para qué volver así al pasado?, pensó. ¿Para qué obligarle a pensar en ello otra vez? ¿Para qué hacerlo sufrir, cuando ella lo había torturado de un modo infernal? ¿Para qué?
—¿Te acuerdas del lago? —dijo con voz brusca, bajo la presión de una emoción que le estrujó el corazón, le entumeció los músculos de la garganta y le contrajo los labios en un espasmo al decir «lago». Pues era una niña que arrojaba pan a los patos, entre sus padres, y al mismo tiempo una mujer adulta que se acercaba a sus padres, los cuales estaban junto al lago, sosteniendo su vida entre los brazos, la cual, a medida que se acercaba a ellos, se hacía más y más grande en sus brazos, hasta convertirse en una vida entera, una vida completa, que depositaba junto a ellos diciendo: