felices.
Se puso el sombrero y atravesó corrales de maíz —¿dónde habrá sido?— hasta llegar a cierta colina, en algún lugar cerca del mar, pues había barcos, gaviotas, mariposas; se sentaron en un acantilado. En Londres también, allí se sentaban, y, entre sueños, llegaban a ella a través de la puerta del dormitorio, la lluvia cayendo, susurros, crujidos entre el maíz seco, la caricia del mar, según le parecía, encajándolos en su concha arqueada y susurrándole a ella tendida en la orilla, esparcida sentía, como flores voladoras sobre alguna tumba.
—Ha muerto —dijo, sonriéndole a la pobre anciana que la vigilaba con sus honestos ojos azul claro fijos en la puerta.
(No lo traerían aquí, ¿verdad?)
Pero la señora Filmer le quitó importancia con un gesto desdefioso. ¡Oh, no, oh, no! Se lo estaban llevando ahora. ¿No se lo debían decir? Los casados debían estar juntos, pensaba la señora Filmer. Pero debían hacer lo que dijese el doctor.
«Déjenla dormir», dijo el Dr. Holmes, tomándole el pulso. Ella vio la gran silueta de su cuerpo recortada en la oscuridad contra la ventana. Así que ese era el Dr. Holmes.
Uno de los triunfos de la civilización, pensó Peter Walsh. Es uno de los triunfos de la civilización, mientras sonaba la aguda y clara campanilla de la ambulancia. Con rapidez, con limpieza, la ambulancia se apresuró hacia el hospital, tras haber recogido al instante, con humanidad, a algún pobre diablo; alguien golpeado en la cabeza, abatido por la enfermedad, atropellado tal vez hacía un minuto más o menos en uno de estos cruces, como le podría suceder a uno mismo. Eso era la civilización. Le llamó la atención al volver de Oriente: la eficiencia, la organización, el espíritu comunitario de Londres. Cada carro o carruaje se apartaba por propia iniciativa para dejar pasar la