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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

al otro, esa anciana pareja. A ella le gustaba el viejo lord Lexham. Sí que le importaba su fiesta, y le revolvía el estómago saber que todo estaba saliendo mal, que estaba resultando un completo fracaso. Cualquier cosa, cualquier explosión, cualquier horror era preferible a que la gente deambulara sin rumbo, de pie en un rincón formando un grupito como Ellie Henderson, sin importarle siquiera mantenerse erguida.

Suavemente la cortina amarilla con todas las aves del paraíso se abrevó hacia fuera y pareció como si hubiera un batir de alas hacia la habitación, justo hacia afuera, para luego ser absorbidas de nuevo. (Pues las ventanas estaban abiertas).

¿Habría corriente, se preguntó Ellie Henderson? Era propensa a los catarros. Pero no importaba que al día siguiente se levantara estornudando; eran las muchachas con sus hombros desnudos en quienes pensaba, educada para pensar en los demás por un viejo padre, un inválido, difunto vicario de Bourton, pero él ya había muerto; y sus catarros nunca se le bajaban al pecho, jamás.

Eran las muchachas en las que pensaba, las jóvenes con los hombros desnudos, habiendo sido ella misma siempre una criatura insignificante, de cabello escaso y perfil escueto; aunque ahora, pasada la cincuentena, empezaba a brillar a través de ella un rayo apacible, algo purificado hasta adquirir distinción por años de abnegación, pero oscurecido de nuevo, perpetuamente, por su desconcertante respetabilidad, por su miedo pánico, que surgía de una renta de trescientas libras y de su estado de indefensión (no podía ganar ni un centavo) y eso la volvía tímida, y año tras año cada vez más incapacitada para tratar con gente bien vestida que hacía este tipo de cosas todas las noches de la temporada, limitándose a decirle a sus doncellas «Me pondré tal cosa», mientras que Ellie Henderson salía nerviosa a comprar flores

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