y el señor Whitbread solo pensaba en su pollo.
¡Peter Walsh! Los tres, Lady Bruton, Hugh Whitbread y Richard Dalloway, recordaban lo mismo: cuán apasionadamente había estado enamorado Peter; cómo había sido rechazado; se había marchado a la India; se había dado un batacazo; había hecho un desastre de su vida; y a Richard Dalloway también le tenía muchísimo afecto al buen viejo.
Milly Brush vio aquello; vio una profundidad en el castaño de sus ojos; lo vio dudar; reflexionar; lo cual le interesaba, tal como el señor Dalloway le interesaba siempre, pues se preguntaba en qué estaría pensando, qué estaría pensando sobre Peter Walsh.
Que Peter Walsh había estado enamorado de Clarissa; que volvería justo después de almorzar y encontraría a Clarissa; que le diría, con todas las letras, que la amaba. Sí, diría eso.
Milly Brush en otro tiempo casi podría haberse enamorado de estos silencios; y el señor Dalloway era siempre tan fiable; además, todo un caballero.
Ahora, a los cuarenta, a Lady Bruton le bastaba con asentir, o volver la cabeza con un punto de brusquedad, y Milly Brush captaba la señal, por muy sumida que estuviera en esas reflexiones de un espíritu independiente, de un alma incorrupta a la que la vida no podía engañar, porque la vida no le había ofrecido una chuchería del más mínimo valor; ni un rizo, sonrisa, labio, mejilla, nariz; nada en absoluto; a Lady Bruton le bastaba con asentir, y se le daba orden a Perkins de que apresurara el café.
“Sí; Peter Walsh ha vuelto”, dijo Lady Bruton. Era vagamente halagador para todos ellos. Había regresado, golpeado, fracasado, a sus costas seguras. Pero ayudarlo, pensaban, era imposible; había algún defecto en su carácter. Hugh Whitbread dijo que por supuesto uno podía mencionar su nombre a fulano de tal. Arrugó el ceño