rosas en un jarrón, sobre el cual el sol dio de lleno, y este empezó a reír, dando saltos por la estancia.
Había tenido que comprar las rosas, dijo Rezia, a un pobre hombre en la calle. Pero ya estaban casi muertas, dijo, arreglando las rosas.
Así que había un hombre afuera; Evans probablemente; y las rosas, que según Rezia estaban medio muertas, habían sido cortadas por él en los campos de Grecia.
«La comunicación es salud; la comunicación es felicidad, la comunicación—» murmuró él.
—¿Qué estás diciendo, Septimus? —preguntó Rezia, loca de terror, pues él estaba hablando solo.
Mandó a Agnes a toda velocidad en busca del doctor Holmes. Su marido, dijo, estaba loco. Apenas la conocía.
—¡Bruto! ¡Bruto! —gritó Septimus al ver entrar en la habitación a la naturaleza humana, es decir, al doctor Holmes.
—¿Y de qué se trata todo esto? —dijo el doctor Holmes de la manera