salita llena de fotografías, llena de jaulas de pájaros).
¡Fue una tarde horrible! Se puso cada vez más sombrío, y no solo por eso; por todo. Y no podía verla; no podía explicarle; no podía aclararlo todo.
Siempre había gente por allí; ella seguía como si nada hubiera pasado. Esa era la parte diabólica de ella: esta frialdad, esta rigidez, algo muy profundo en ella, que había sentido otra vez esta mañana al hablar con ella; una impenetrabilidad.
Y, Dios sabe que la amaba. Ella tenía una extraña habilidad para tocarle a uno los nervios, para convertirle los nervios en cuerdas de violín, sí.
Había entrado a cenar bastante tarde, por una idea estúpida de hacerse notar, y se había sentado al lado de la vieja señorita Parry—la tía Helena—, la hermana del señor Parry, a quien se suponía que le correspondía presidir. Allí estaba sentada con su chal de cachemira blanca,