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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

a un lado el ómnibus y el coche pasó. Lenta y silenciosamente emprendió la marcha.

Clarissa lo adivinó; Clarissa lo sabía, por supuesto; había visto algo blanco, mágico, circular, en la mano del lacayo, un disco grabado con un nombre —¿el de la Reina, el del Príncipe de Gales, el del Primer Ministro?— que, por la fuerza de su propio brillo, se abría paso abrasador (Clarissa vio cómo el coche se empequeñecía, desaparecía), para fulgurar entre candelabros, estrellas rutilantes, pechos rígidos de hojas de roble, Hugh Whitbread y todos sus colegas, los caballeros de Inglaterra, esa noche en el Palacio de Buckingham.

Y Clarissa, también, daba una fiesta. Se puso un poco rígida; así se pararía en lo alto de su escalera.

El coche se había ido, pero había dejado una ligera ondulación que recorrió las tiendas de guantes, de sombreros y de sastrería a ambos lados de Bond Street. Durante

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