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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

semejante maldita insolencia, era algo que no cabía en su cabeza. Hugh se estaba volviendo un imbécil intolerable. Richard Dalloway no soportaba más de una hora de su compañía.

Y, levantándose el bombín a modo de despedida, Richard dobló la esquina de Conduit Street ansioso, sí, muy ansioso, por recorrer aquel hilo de araña que lo unía a Clarissa; iría directo a verla, a Westminster.

Pero él quería entrar trayendo algo. ¿Flores? Sí, flores, ya que no confiaba en su buen gusto para el oro; cualquier cantidad de flores, rosas, orquídeas, para celebrar lo que era, se mire como se mire, un acontecimiento; este sentimiento hacia ella cuando hablaron de Peter Walsh en el almuerzo; y nunca hablaban de eso; ni por asomo habían hablado de eso en años; lo cual, pensó, apretando sus rosas rojas y blancas juntas (un enorme ramo envuelto en papel de seda), es el mayor error del mundo.

Llega el momento en que ya no se puede decir; a uno le da demasiada vergüenza decirlo, pensó, guardándose las pocas monedas de cambio en el bolsillo, emprendiendo la marcha con su gran ramo apretado contra el cuerpo hacia Westminster para decir de frente, con todas las letras (piense ella lo que piense de él), tendiéndole sus flores: «Te quiero».

¿Por qué no? En verdad era un milagro pensando en la guerra, y en miles de pobres muchachos, con toda la vida por delante, amontonados, ya medio olvidados; era un milagro. Ahí estaba él, cruzando Londres para decirle a Clarissa con todas las letras que la amaba. Cosa que uno nunca dice, pensó. En parte por pereza; en parte por vergüenza. Y Clarissa —costaba pensar en ella—, salvo a tirones, como en el almuerzo, cuando la vio con toda claridad; toda su vida en común.

Se detuvo en el cruce; y

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