favorito, uno de los de Sally Parker, casi el último que hizo jamás, ay, pues Sally se había retirado ya, vivía en Ealing, y si alguna vez tengo un momento —pensó Clarissa (pero nunca volvería a tener un momento jamás)—, iría a verla a Ealing. Porque era un personaje, pensó Clarissa, una verdadera artista. Pensaba en pequeñas cosas insólitas; sin embargo, sus vestidos nunca eran estrambóticos. Podías llevarlos en Hatfield; en el Palacio de Buckingham. Los había llevado en Hatfield; en el Palacio de Buckingham.
El silencio descendió sobre ella, calmado, satisfecho, mientras su aguja, al estirar la seda suavemente hasta su apacible pausa, reunía los pliegues verdes y los sujetaba, con gran levedad, al cinturón. Así en un día de verano las olas se acumulan, pierden el equilibrio y caen; se acumulan y caen; y el mundo entero parece estar diciendo «eso es todo» cada vez con más peso, hasta que