todo el mundo como Wickham. Al fin él dijo: «¡Me llamo Dalloway!», esa fue la primera impresión que tuvo de Richard: un joven rubio, bastante torpe, sentado en una silla de playa, soltando de repente: «¡Me llamo Dalloway!». Sally se quedó con la copla; desde entonces lo llamó siempre «¡Me llamo Dalloway!».
Por entonces era presa de revelaciones. Esta —que ella se casaría con Dalloway— resultaba deslumbrante, abrumadora en aquel momento. Había una especie de... ¿cómo decirlo?, una especie de soltura en sus maneras hacia él; algo maternal; algo apacible. Hablaban de política. Durante toda la cena intentó escuchar lo que decían.
Después recordaría haber estado de pie junto a la silla de la anciana señorita Parry en el salón. Clarissa se acercó, con sus modales perfectos, como una verdadera anfitriona, y quiso presentarlo a alguien; le habló como si nunca antes se hubieran visto, lo cual lo enfureció. Aun así, ya entonces la admiraba por eso. Admiraba su valor; su instinto social; admiraba su capacidad para sacar las cosas adelante. > «La perfecta anfitriona», le dijo, ante lo cual ella se estremece entera. Pero él pretendía que lo sintiera. Habría hecho cualquier cosa para herirla después de verla con Dalloway. Así que ella lo dejó. Y él tuvo la sensación de que todos estaban reunidos en una conspiración en su contra —riendo y hablando— a sus espaldas. Allí se quedó de pie junto a la silla de la señorita Parry como si lo hubieran tallado en madera, hablando él de flores silvestres. ¡Nunca, nunca había sufrido de forma tan infernal! Debió de haber olvidado incluso fingir que escuchaba; al fin despertó; vio a la señorita Parry con aspecto bastante turbado, bastante indignado, con los ojos saltones fijos en él. ¡Poco faltó para que gritara que no podía prestar atención porque estaba en el