—dijo Hugh a su manera seca y mundana. Resultaba que este Dubonnet tenía las medidas del cuello de la señora Whitbread o, lo que era aún más extraño, conocía sus opiniones sobre la joyería española y el alcance de sus posesiones en esa línea (de lo cual Hugh no lograba acordarse). Todo lo cual le parecía a Richard Dalloway tremendamente extraño. Pues él nunca le hacía regalos a Clarissa, salvo un brazalete hacía dos o tres años, que no había sido un éxito. Ella nunca se lo ponía. Le dolía recordar que nunca se lo ponía.
Y como el hilo solitario de una araña que, tras oscilar aquí y allá, se adhiere a la punta de una hoja, así la mente de Richard, recuperándose de su letargo, se fijó ahora en su esposa, Clarissa, a quien Peter Walsh había amado con tanta pasión; y Richard tuvo una repentina visión de ella allí en el almuerzo; de sí mismo y de Clarissa; de su vida juntos; y acercó hacia sí la bandeja de joyas antiguas y, tomando primero este broche y luego aquel anillo, «¿Cuánto cuesta esto?», preguntó, aunque dudaba de su propio gusto. Quería abrir la puerta del salón y entrar ofreciendo algo; un regalo para Clarissa. ¿Pero qué?
Pero Hugh había vuelto a ponerse en pie. Era indeciblemente pomposo. En verdad, después de tratar allí durante treinta y cinco años, no iba a dejarse intimidar por un simple muchacho que no conocía su oficio. Porque Dubonnet, al parecer, no estaba, y Hugh no compraría nada hasta que al señor Dubonnet le placiera estar; ante lo cual el joven se sonrojó y realizó su correcta reverencia. Todo era perfectamente correcto. ¡Y, sin embargo, Richard no le habría podido decir eso ni aunque le fuera la vida en ello! Por qué aquella gente aguantaba