hermosura. Pero allí estaba: de un pálido ceniciento, recorrido a prisa por nubes vastas y afiladas. Era nuevo para ella. Debía haberse levantado viento.
Se iba a acostar, en la habitación de en frente. Era fascinante observarla, moviéndose de un lado a otro, aquella anciana, cruzando la estancia, acercándose a la ventana.
¿Podía verla ella?
Era fascinante, mientras la gente aún reía y gritaba en el salón, observar a aquella anciana, con total tranquilidad, preparándose para acostarse. Ahora bajó la persiana.
El reloj empezó a dar las horas. El joven se había suicidado; pero ella no le compadecía; con el reloj dando las horas, una, dos, tres, no le compadecía, con todo esto sucediendo.
¡Ahí está! ¡La anciana había apagado su luz! toda la casa estaba a oscuras ahora con esto sucediendo, repitió, y le vinieron a la cabeza las palabras: No temas más al calor del sol.
Ella tenía que volver