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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

al año; porque si se casaba con Daisy, aun con su pensión, jamás podrían arreglarse con menos. Whitbread podría hacerlo, presumiblemente; o Dalloway. No le importaba pedirle nada a Dalloway. Era una excelente persona; un poco limitado; un poco espeso de entendederas; sí; pero una excelente persona. Lo que emprendiera lo hacía de la misma manera práctica y sensata; sin un ápice de imaginación, sin una chispa de brillantez, pero con la amabilidad inexplicable de su tipo. Tendría que haber sido un terrateniente; la política era un desperdicio para él. Estaba en su elemento al aire libre, con caballos y perros; qué bueno era, por ejemplo, cuando aquel gran perro peludo de Clarissa quedó atrapado en un cepo y se desgarró media pata, y Clarissa se desmayó y Dalloway lo hizo todo; vendó, hizo tablillas; le dijo a Clarissa que no fuera tonta. Tal vez por eso a ella le gustaba; tal vez eso era lo que necesitaba. > «Vamos, querida, no seas tonta. Sostén esto, trae aquello», hablando todo el tiempo con el perro como si fuera un ser

Pero ¿cómo podía tragarse todo ese rollo sobre la poesía? ¿Cómo podía dejar que él despotricara sobre Shakespeare? Con toda seriedad y solemnidad, Richard Dalloway se ponía en pie y soltaba que ningún hombre decente debería leer los sonetos de Shakespeare porque equivalía a escuchar tras las rendijas de las puertas (además de que no aprobaba esa clase de relación). Ningún hombre decente debería permitir que su esposa visitara a la hermana de una difunta esposa. ¡Increíble! Lo único que se podía hacer era bombardearlo con almendras azucaradas; aquello fue durante una cena. Pero Clarissa se lo tragaba todo; le parecía que era tan sincero por su parte, tan independiente; ¡vaya a saber Dios si no lo consideraba la mente más original que jamás

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