noventa, cuando estaba tan apasionadamente enamorado de Clarissa. Había muchísima gente allí, riendo y charlando, sentados alrededor de una mesa después de tomar el té, y la habitación estaba bañada en una luz amarilla y llena de humo de cigarrillo. Hablaban de un hombre que se había casado con su criada, uno de los hacendados vecinos, había olvidado su nombre. Se había casado con su criada, y la habían llevado a Bourton de visita; había sido una visita horrible. Ella iba vestida de forma absurdamente recargada, «como una cacatúa», había dicho Clarissa, imitándola, y no paraba de hablar. No callaba, no callaba nunca. Clarissa la imitaba. Entonces alguien dijo —fue Sally Seton— si cambiaba realmente algo en los sentimientos de uno saber que, antes de casarse, ella había tenido un hijo. (Por aquel entonces, ante un público mixto, era algo muy atrevido de decir). Todavía podía ver a Clarissa poniéndose de un rosa brillante; contrayéndose de algún modo; y diciendo: «¡Ay, nunca más podré volver a hablarle!». A lo que siguió una sensación de que todo el grupo sentado alrededor de la mesa del té se tambaleaba. Fue muy incómodo.
Él no la había culpado por importarle el hecho, ya que en aquellos días una muchacha criada como ella no sabía nada, pero era su modo de ser lo que le molestaba; tímido; duro; algo arrogante; poco imaginativo; puritano.
«La muerte del alma».
Había dicho aquello instintivamente, etiquetando el momento como solía hacerlo: la muerte del alma de ella.
Todos titubearon; todos parecieron inclinarse al hablar ella, y luego erguirse de otro modo. Él alcanzaba a ver a Sally Seton, como una niña que ha hecho una travesura, inclinándose hacia adelante, bastante sonrojada, con ganas de hablar pero con miedo, y es que Clarissa intimidaba a la gente. > (Era la mejor amiga