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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

sin mostrar jamás un indicio de todas sus otras facetas —defectos, celos, vanidades, sospechas, como esta de que Lady Bruton no la hubiera invitado a almorzar—, lo cual, pensó (pasándose el peine por el cabello por última vez), ¡es totalmente vil! Ahora bien, ¿dónde estaba su vestido?

Sus vestidos de noche colgaban en el armario. Clarissa, hundiendo la mano en la suavidad, separó con cuidado el vestido verde y lo llevó a la ventana. Lo había roto. Alguien le había pisado la falda. Había sentido cómo cedía en la fiesta de la Embajada, allá arriba, entre los pliegues. Con la luz artificial el verde brillaba, pero ahora perdía su color bajo el sol. Lo arreglaría. Sus criadas tenían demasiado que hacer. Se lo pondría esta noche. Llevaría sus sedas, sus tijeras, su —¿cómo se llamaba?—, su dedal, por supuesto, a la planta baja, al salón, pues también tenía que escribir y comprobar

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