mango de asta que Clarissa pondría las manos en el fuego a que la tenía desde hacía treinta años— y apretó el puño con fuerza sobre ella.
Qué costumbre tan extraordinaria era esa, pensó Clarissa; jugar siempre con un cuchillo. Y hacer que una se sintiera siempre, además, frívola; vacua; una simple cotorra tonta, como solía hacer.
Pero yo también, pensó, y, tomando su aguja, convocó, como una Reina cuyos guardias se han dormido y la han dejado desprotegida (la había tomado totalmente por sorpresa esta visita; la había alterado) de modo que cualquiera puede pasearse y echarle una mirada allí donde yace con las zarzas curvándose sobre ella, convocó en su ayuda las cosas que hacía; las cosas que le gustaban; su marido; Elizabeth; su yo, en suma, que Peter apenas conocía ya, para que todos acudieran a su alrededor y repelieran al enemigo.
—Bueno, ¿y a ti qué te ha pasado? —dijo ella.
Así, antes de que empiece una batalla, los caballos hovan el suelo; sacuden la cabeza; la luz brilla en sus flancos; se arquean sus cuellos. Así Peter Walsh y Clarissa, sentados el uno al lado del otro en el sofá azul, se desafiaron mutuamente.
Sus facultades se agitaban y se debatían dentro de él. Reunió de distintas partes toda clase de cosas: elogios; su carrera en Oxford; su matrimonio, del cual ella no sabía absolutamente nada; cómo había amado; y cómo, en suma, había cumplido con su deber.
—¡Millones de cosas! —exclamó, y, urgido por el cúmulo de fuerzas que ahora corrían de aquí para allá dándole la sensación, a la vez aterradora y sumamente estimulante, de ser lanzado por los aires sobre los hombros de personas a las que ya no podía ver, se llevó las manos a la frente.
Clarissa se sentó muy derecha; tomó aliento.