diferencia entre un hombre y otro no es tan grande. Nunca le había visto el sentido a descuartizar a la gente, como hacía Clarissa Dalloway —descuartizarlos y volver a pegarlos pieza a pieza—; al menos no a los sesenta y dos años. Aceptó los claveles de Hugh con su angulosa y hosca sonrisa. No iba a venir nadie más, dijo. Los había reunido allí bajo falsos pretextos, para que la sacaran de un apuro—
—Pero comamos primero —dijo ella.
Y así comenzó un silencioso y exquisito ir y venir a través de las puertas de vaivén de criadas con delantales y cofias blancas, sirvientas no por necesidad, sino adeptas a un misterio o gran engaño practicado por las anfitrionas de Mayfair de la una y media a las dos, cuando, con un ademán, el tráfico cesa, y surge en su lugar esta profunda ilusión, en primer lugar, sobre la comida: cómo no se paga; y luego cómo la mesa se cubre por sí sola de cristal y plata, manteles individuales, platillos de fruta roja; finas capas de crema marrón tapan el rodaballo; en cacerolas nadan pollos trinchados; coloreado, indómito, arde el fuego; y con el vino y el café (no pagados) se alzan alegres visiones ante ojos pensativos; ojos suavemente especulativos; ojos para los que la vida parece musical, misteriosa; ojos ahora encendidos para observar con benevolencia la belleza de los claveles rojos que Lady Bruton (cuyos movimientos eran siempre angulosos) había colocado junto a su plato, de modo que Hugh Whitbread, sintiéndose en paz con el universo entero y al mismo tiempo completamente seguro de su posición, dijo, apoyando el tenedor,
“¿No quedarían encantadores contra su encaje?”
A la señorita Brush le disgustó enormemente esta confidencia. Lo consideraba un sujeto maleducado. Le hacía gracia a Lady Bruton.
Lady Bruton levantó los claveles,