la que ellos, pero ninguna mujer, se hallaban con las leyes del universo; sabían expresar las cosas; sabían lo que se decía; de modo que si Richard la aconsejaba, y Hugh escribía para ella, estaba segura de estar en lo cierto de algún modo. De modo que dejó que Hugh se comiera su soufflé; preguntó por la pobre Evelyn; esperó a que estuvieran fumando, y entonces dijo,
«Milly, ¿traerías los periódicos?»
Y la señorita Brush salió, volvió; puso unos papeles sobre la mesa; y Hugh sacó su estilográfica; su estilográfica de plata, que llevaba veinte años de servicio, según dijo, desenroscando el capuchón. Todavía estaba en perfecto estado; se la había enseñado a los fabricantes; no había razón, dijeron, para que se estropeara jamás; lo cual de algún modo redundaba en mérito de Hugh, y en mérito de los sentimientos que su pluma expresaba (tal era la sensación de Richard Dalloway) mientras Hugh se ponía a escribir con cuidado mayúsculas rodeadas de círculos en el margen, reduciendo así maravillosamente los enredos de Lady Bruton al sentido, a una gramática tal que el director del Times —sentía Lady Bruton, observando la maravillosa transformación— tenía que respetar. Hugh era lento. Hugh era tenaz. Richard decía que había que correr riesgos. Hugh proponía modificaciones por consideración a los sentimientos de la gente que, según dijo un tanto agrio cuando Richard se rio, «había que tener en cuenta», y leyó en voz alta: «cómo, por lo tanto, somos de la opinión de que los tiempos están maduros… la juventud superflua de nuestra población en constante aumento… lo que debemos a los muertos…», lo cual a Richard le pareció puro relleno y pamplinas, pero sin daño alguno, por supuesto, y Hugh siguió redactando sentimientos por orden alfabético de la más alta nobleza, sacudiéndose la ceniza del puro del