decía; lo sabía todo. Conocía el significado del mundo, decía.
Luego, cuando volvieron, apenas podía caminar. Se tumbó en el sofá y la obligó a tomarle la mano para evitar caer, ¡caer, gritaba, en las llamas!, y veía rostros que se reían de él, llamándolo con nombres horribles y repugnantes, desde las paredes, y manos que señalaban alrededor del biombo.
Sin embargo, estaban completamente solos.
Pero él empezó a hablar en voz alta, respondiendo a la gente, discutiendo, riendo, llorando, exaltándose mucho y haciéndola anotar cosas. Eran puras tonterías; sobre la muerte; sobre la señorita Isabel Pole. Ella no lo soportaría más. Volvería.
Ya estaba cerca de él, podía verlo mirando fijamente el cielo, murmurando, con las manos entrelazadas. Sin embargo, el doctor Holmes decía que no le pasaba nada. ¿Qué había pasado entonces?, ¿por qué se había ido, entonces, por qué, cuando ella se sentaba a su lado, él se sobresaltaba,