que sufrir ella mientras otras mujeres, como Clarissa Dalloway, se escapaban? El conocimiento viene a través del sufrimiento, decía el señor Whittaker.
Ella había pasado el buzón de correos, y Elizabeth había entrado en la fresca y marrón sección de tabaco de los Almacenes del Ejército y la Marina mientras ella aún seguía murmurando para sus adentros lo que el señor Whittaker había dicho acerca de que el conocimiento llega a través del sufrimiento y de la carne.
«La carne», murmuró.
¿Qué departamento quería ella?
Elizabeth la interrumpió.
—Enaguas —dijo de repente, y se encaminó a grandes zancadas directamente hacia el ascensor.
Subieron. Elizabeth la guiaba por aquí y por allá; la guiaba en su abstracción como si hubiera sido una niña grande, un acorazado torpe.
Allí estaban las enaguas, marrones, recatadas, a rayas, frívolas, macizas, endebles; y ella escogía, en su abstracción, pomposamente, y la dependienta la creía loca.
Elizabeth