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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

y la anciana (que tiene más o menos su misma edad) tiene otros tres hijos en casa; y tienen dos automóviles, pero el señor Morris todavía remienda los zapatos los domingos: es soberbio, es absolutamente soberbio, pensó Peter Walsh, balanceándose un poco hacia adelante y hacia atrás con su copa de licor en la mano entre las sillas de felpa roja y los ceniceros, sintiéndose muy satisfecho de sí mismo, porque los Morris lo querían. Sí, les gustaba un hombre que decía «peras Bartlett». Le querían, sentía él.

Iba a ir a la fiesta de Clarissa. (Los Morris se habían marchado; pero volverían a verse). Iba a ir a la fiesta de Clarissa porque quería preguntarle a Richard qué hacían en la India⁠—los tontos conservadores. ¿Y qué obra ponían? Y música.⁠ ⁠… Ah, sí, y pura charla.

Porque esta es la verdad de nuestra alma, pensó, de nuestro yo, que como un pez habita los mares profundos y maniobra entre la penumbra, abriéndose paso entre los troncos de algas gigantescas, sobre espacios parpadeantes de sol y más y más adentro en la penumbra, el frío, la profundidad, lo inescrutable; de pronto se dispara hacia la superficie y retoza en las olas arrugadas por el viento; es decir, tiene la necesidad imperiosa de rozar, raspar, encenderse, charlando. ¿Qué pretendía el Gobierno —Richard Dalloway lo sabría— respecto a la India?

Como era una noche muy calurosa y los repartidores de periódicos pasaban con carteles que pregonaban en grandes letras rojas que había una ola de calor, se colocaron sillones de mimbre en las escaleras del hotel y allí, bebiendo a sorbos, fumando, indiferentes, se sentaban los caballeros. Peter Walsh estaba sentado allí. Uno habría podido imaginarse que aquel día, el día londinense, apenas estaba empezando. Como una mujer que se hubiera quitado el vestido de

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