era un milagro; que no se equivoque al respecto; aquí estaba, en la flor de la vida, caminando hacia su casa en Westminster para decirle a Clarissa que la amaba. La felicidad es esto, pensó.
Es esto, dijo, al entrar en Dean’s Yard.
Big Ben empezaba a dar las horas, primero el aviso, musical; luego la hora, irrevocable.
Las comidas en compañía arruinan toda la tarde, pensó, al acercarse a su puerta.
El sonido del Big Ben inundó el salón de Clarissa, donde estaba sentada, sumamente molesta, ante su mesa de escribir; preocupada; molesta. Era perfectamente cierto que no había invitado a Ellie Henderson a su fiesta; pero lo había hecho a propósito. Ahora la señora Marsham escribía que «le había dicho a Ellie Henderson que le pediría a Clarissa; a Ellie le apetecía muchísimo venir».
¿Pero por qué tenía que invitar a todas las mujeres aburridas de Londres a sus fiestas? ¿Por qué se metía la señora Marsham? Y ahí estaba Elizabeth encerrada todo este tiempo con Doris Kilman. No alcanzaba a concebir nada más nauseabundo. Rezar a estas horas con esa mujer. Y el sonido de la campana inundó la habitación con su ola melancólica; la cual retrocedió, y se recomponía para caer una vez más, cuando oyó, de manera desconcertante, algo que manoseaba, algo que arañaba la puerta. ¿Quién a estas horas? ¡Las tres, Dios mío! ¡Las tres ya! Pues con abrumadora franqueza y dignidad el reloj dio las tres; y no oyó nada más; ¡sino que el picaporte giró y entró Richard! ¡Qué sorpresa! Entró Richard, ofreciendo flores. Ella le había fallado, una vez en Constantinopla; y lady Bruton, cuyas almuerzos se decía que eran extraordinariamente divertidos, no la había invitado. Él estaba ofreciendo flores—rosas, rosas rojas y blancas. (Pero no se atrevía a decirle que la amaba; no