nosotros meta alguna, aun así, adelante, adelante; este indomable egoísmo tiñó de color sus mejillas; la hizo parecer muy joven; muy rosada; de ojos muy brillantes mientras estaba sentada con el vestido sobre las rodillas y la aguja sostenida hacia el extremo de la seda verde, temblando un poco. ¡Él estaba enamorado! No de ella. De alguna mujer más joven, por supuesto.
—¿Y quién es ella? —preguntó ella.
Ahora esta estatua debe ser bajada de su altura y colocada entre ellos.
—Una mujer casada, por desgracia —dijo—; la esposa de un mayor del ejército de la India.
Y con una curiosa dulzura irónica sonrió al presentarla de este modo tan ridículo ante Clarissa.
(A pesar de todo, está enamorado, pensó Clarissa.)
—Tiene —continuó con mucha sensatez—, dos hijos pequeños; un niño y una niña; y he venido a ver a mis abogados por lo del divorcio.
¡Ahí están! pensó. ¡Haz con ellos